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sábado, 18 de xuño de 2011

dentista

Estoy en un bar de mi pueblo, que se va modernizando y ya tenemos cafeterías con WIFI, bueno vale, aquí no estamos muy atrasados. Vine a la aldea porque mi dentista trabaja cerquita da aquí. Es mi dentista desde niña, una argentina que tiene acento pero habla cada vez más español con expresiones gallegas. Hoy me sorprendió con un "mallado!" (expresión gallega que equivale a ¡perfecto!). Sabe ya mis pecularidades, ya me conoce, conoce mi boca, y conoce mi pereza con la higiene bucal, que poco a poco ha conseguido cambiarla.
Deciros que odio ir a la dentista, por muy bien que me caiga la doctora, y lo buena que sea. Odio tener a boca abierta y reseca durante mucho tiempo. Y luego ves todos los aparatos que nos meten en la boca: agujas de anestesia, brocas, alambres, algodón, papel. Esta es la segunda sesión de una muela, y le falta una para tapar el tremendo agujero que le hizo para la endodoncia. Y luego me toca otra y la limpieza, ¡a mano! que por tener marcapasos, nada de limpieza con ultrasonidos. Cuando me hace la limpieza parece que está escavando las cuevas del la prehistoria.
¿He dicho ya que odio ir al dentista?. Para hacer todo eso, por tener una cardiopatía, una hora antes me tengo que empastillar de amoxicilina, y seis horas después otra ración. Porque esa es otra, cada pequeña operación de sangrado que se tenga, profilaxis para evitar una casi improbable endocardistis, improbable, que no imposible, así que anda a tomarte un carro de pastillas, aparte de las que ya te tomas.
¡Que sí! ¡Que odio ir a la dentista!, que para colmo de males, después de empastillarte para la profilaxis, y de meterte de todo en tu boquita, va y te hace pasar la tarjeta de crédito por la maquinita, que al final hasta puede dar un poco menos de susto que si pagas en efectivo, y te pones a contar billetes.
Lo siento por mi dentista, pero odio ir a visitarla por motivos profesionales.

domingo, 6 de marzo de 2011

carnavales

Ya estoy en casa, en el sofá, descansando del fin de semana. Ayer, salí con mis amigas en A Coruña para celebrar el carnaval. Cenamos y luego salimos de fiesta, y por la calle se veía a casi todo el mundo disfrazado. De pronto, ves que mucha gente se disfraza de sus dibujo animado o ídolo favorito de la infancia, y no solo los niños. Digamos que los chicos y chicas de nuestra edad también se retrotraen a la infancia, y de pronto ves a alguien disfrazado de Arale, un grupo de desollinadores y a Mary Poppins, o los lagartos de V. Nosotras no fuimos menos, y directamente nos disfrazamos de niñas pequeñas. Imaginaros, cinco niñitas con mandilones de colores chillones y dos coletas con los lacitos a juego, coloretes, pequitas y una piruleta tan grande que nos podíamos esconder la cara detrás de ellas.
Pero, ¿qué hacían estas niñas en la infancia en carnaval? Pues yo, seguía la tradiciones de mi aldea. Te disfrazabas de "choqueiro" (dudo que haya palabra en castellano para este concepto), es decir, una falda de tu abuela, una camisa de tu abuelo, el mandil de tu tía. La cuestión era ir los más irreconocible posible, así que careta que te asfixiaba, y un palo para alejar a alguna persona indeseable que se acercaba alejarlo. Ni que decir tiene que no engañábamos a nadie, y todos nos conocían, aunque cada vez que nos intentaran hacer hablar movías la cabeza como una loca diciendo, ¡no, no, no! Pues así nos juntábamos algunos niños y niñas, con aquellas pintas de andrajosos y harapientos e íbamos casa por casa para pedir. Si, como si en navidad fueras a pedir el aguinaldo, pues la tradición en mi aldea era esa, ir a pedir, supuestamente filloas y orejas (ambos postres típicos de la época en Galicia) pero realmente te daban dinero, bueno dinero, alguna monedilla, si llegabas a los 20 duros, e decir, 100 pts (al cambio unos 60 cents de €) a dios gracias. Pero bueno, ya juntabas monedillas para los chuches del domingo. Pero creo que nunca nos llegaría para comprarnos una piruleta como la que llevábamos ayer.

domingo, 13 de febreiro de 2011

la entrevista


Cuando empecé a escribir el blog y luego ví la gran acogida que tuvo, un día con mi gente comenzamos a imaginar como sería si me hiciera famosa por el blog. A que televisiones iría, que países recorrería, etc. Eso con el tiempo, pero no pensaba que en poco más de dos meses me hicieran una entrevista para un periódico de Galicia. Como, está en gallego, la he traducido para que podais leerla.
 
 

NO CONTABA CON QUE SOBREVIVIRÍA, Y AQUÍ ESTOY.

Cada año nacen en Galicia unos 160 bebés con cardiopatía congénitas. Mónica Otero, hija de emigrantes retornados, vino a este mundo con una malformación de corazón que la hizo pasar varias veces por quirófano y llevar un marcapasos. Los enamorados no tienen la exclusividad de San valentín: la jornada de mañana es también de los afectados de este mal.
Cuenta mi madre que nada más nacer ya me metieron en una incubadora aún pesando más de tres kilitos tener buen color. A mi madre le dieron pocas alternativas, pero pasó el tiempo, los días, los meses, y los años. Y ya van 34...”
Lejos de ser un suplicio, cada cumpleaños es para Mónica más que un motivo de celebración. “Los médicos no contaban con que sobreviviera, y aquí estoy”, relata animada.
Su caso es el mismo que los de los 160 bebés que cada año nacen en Galicia afectados de un cardiopatía congénita. Mónica vino al mundo con un corazón a medias, esto es, con un ventrículo totalmente inutilizado. Pero ni cuando era una niña, ni en la adolescencia, ni en la universidad ni hoy, insertada en el mercado laboral, se sintió como “a enfermiña” que parecía ser. En el campo de futbol, como no podía correr, quedaba de portera; no dejaba de jugar al pilla-pilla, como todos, aún que “siempre me pillaban”; no le ha sido fácil sacar el BUP, pero “no por enfermiña, si no por perezosa”... Hoy sale a bailar hasta salir el sol, disfruta del sexo con su pareja y no se priva de viajar. Lleva una vida tranquila, a su ritmo, quien no quiera seguirla “que me diga donde me espera y ya nos encontraremos”, afirma, risueña.
Tiene su enfermedad totalmente asumida. “Es una cualidad que está en mi, no la puedo tirar a la basura. Sé que tuve una suerte que otros no tuvieron. ¿Que la asumo? Si. Yo digo que igual llego a vieja”.
Ventrículo (UV) con Estenosis Pulmonar (EP). Esa es su enfermedad o “eso decía mi madre cuando le preguntaban”. Gallega de pro, y criada entre Rianxo y Compostela, las circunstancias de la vida hicieron que Mónica naciese en París, allá por el año 76. Del vientre a la incubadora. Y sin muchos esperanzas, pero con una larga estancia hospitalaria hasta que pudo ira para casa, donde también estaba controlada. Cinco años después, se trasladó con su familia a España y encontró un hueco para ser tratada en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid.
En la capital francesa no se había contemplado la opción quirúrgica. Pero una vez llegada a Madrid todo fue muy rápido. A los seis años -cuando ya vivía en Rianxo- le hicieron “un cateterismo, y me intervinieron un año después”, me prepararon el corazón para, en un futuro y cuando creciese, le realizaron lo que se conoce como procedimiento Fontán, esto es, una conexión entre el corazón y los pulmones para regular el flujo sanguíneo. De hecho, ese “tubiño” le quedó al final un poco pequeño, y en algún momento puede desgastarse, pero por lo de ahora funciona bien. “Como dice mi cardióloga, mientras va, va”, bromea Mónica, cuyas limitaciones actuales se centran en el esfuerzo físico. “No puedo estar de pie mucho tiempo, porque me canso. Andando voy bien, pero a mi ritmo. Y como tenga que coger un peso sostenido... así que llevo una vida tranquila. Aunque vivo en un cuarto sin ascensor ¡y subo!” exclama orgullosa.
A parte de esas limitaciones, la infancia de Mónica fue, dentro de lo que cabe, normal, así lo deja claro ella misma en su blog “Diario de una Fontan” (mokinha1976.blogspot.com). No era la “enfermiña” que los vecinas y vecinos de Carballal (Rianxo) querían ver en ella. Lo confirma una amiga: “Puedo contar miles de anécdotas de la ´nena enferma` que non era tal... porque aunque se empeñaban en decirnos que estaba malita por su corazón, nunca vimos en ellas una niña triste mucho menos enferma... Los límites siempre los puso ella, y nunca dejó que eso le afectara en su relación con todos l@s niñ@s de la villa ni en su día a día” (extracto de una carta publicada en su blog).
A los nueve años, y ya recuperada de la primera de las operaciones, Mónica sufrió un absceso cerebral, de lo que también trataron en Madrid y que le dejó como secuela ataques epilépticos que hoy sufre con una frecuencia de uno al año, “más veces en épocas de estrés”, apunta.
Fue esa la principal razón por la que se trasladó a Santiago, por la proximidad del hospital en caso de crisis. “Venir desde allá (Rianxo) conduciendo 36 kilómetros con las carreteras que había...”, recordaba, para aclarar que los ataques se manifiestan con “convulsiones laterales a la parte derecha del cuerpo. Ahora ya las paso en casa, porque son parciales. Lo que si controlo es si me quedo inconsciente, para que llamen a la ambulancia”, dice.
Tras un cateterismo a los seis años, una primera operación a los siete años, llegada de Madrid, y una intervención por causa del abceso cerebral a los nueve años; a los trece se sometió al conocido como ´procedimiento del Fontán` y “a partir de ahí si me mejoró la vida. No estaba tan morada, oxigenaba mucho más, empecé a andar mejor... Ya tengo un tratamiento que me permite andar más ligeramente”, relata.
Mónica es hoy una adulta tratada por pediatras. Lo cuenta entre risas: “Nosotros no salimos nunca de pediatría, porque los especialistas de adultos son para cardiopatías adquiridas”, no sufridas desde el nacimiento. “Con 27 años -recuerda- fuí rebotada de Madrid al Clínico de A Coruña, a pediatría. Cuando llegué allí, nada más verme, preguntaron: ¿Y la niña? ¡La niña soy yo!
Mónica no tiene un primer recuerdo de su enfermedad. Es imposible cuando naces ya afectado. “Siempre estuve así, tu naces y ya te dicen ´enfermiña`. Es como si eres cojo desde pequeño. ¿Cual es tu primer recuerdo de cojo? ¡Yo he sido cojo todo la vida!”.
Tampoco recuerda sentirse discriminada. O si un poquito cuando al encontrarse con alguna vecina del pueblo que le preguntaba: “E logo ti de quen ves sendo?” (inciso: es una forma propia de preguntar en Galicia a que familias perteneces, por eso no la traduje) “soy nieta de tal. ¿Hija de quién? Y le decía el nombre de mi madre. Aiii... tú eres la enfermita, no?”, cuenta Mónica a quien todos conocen como Moka.
De su época de estudios se cuesta lo perezosa que se volvió al pisar el instituto y como fue arrastrando cursos hasta, con 21años, decidió que sería en la vida: “Llegué a casa y dije ´mamá, voy hacer una carrera`”.
Pasé por el instituto nefastamente -narra- pero no por mi dolencia sino porque pasaba. Lo típico era que dijesen: claro la pobrecita está enferma. ¡Pues no! ¡Era perezosa hasta decir basta!, afirma Moka. Cuando empezó el instituto le paso “como a muchos, que tienes que estudiar de verdad y no te apetece”. Así que no fue pasado los 20 años, y tras hacer el COU en horario nocturno, cuando accedió a la universidad. Y sacó adelante, a pesar de los problemas por el estrés -´me asfixiaba`-, la carrera de Psicología Educativa. De hecho consiguió una beca de estudios para ir a Granada, que le abrió las puertas a la independencia. Y así fue como Mónica marchó de casa.
Hoy, sentada en un bar de la zona monumental compostelana y compartiendo con ocio los secretos de su optimismo, se pone algo seria cuando tocamos el tema de los hijos. Su cardiopatía no le permite tenerlo por el elevado riesgo para el bebé. “el feto tendría falta de oxígeno durante los nueve meses, y eso si paso el primer trimestre. Además, es peligroso dejar la medicación, los neurolépticos por ejemplo, porque correría el riesgo de tener ataques”. Así que “el bebé tendría lesiones cerebrales o neuronales, y eso se sobrevive a los nueve de embarazo. No tendré hijos. Los médicos no me lo han prohibido, pero hay que ser responsables” afirma taxativamente. Además, y con lo complicado que está adoptar, disfruta de los sobrinos, a los que adora. “No los maleduco, los llevo a raya, en van a salir unos adolescentes rectos”, bromea Mónica.
En un tono más íntimo, nos cuenta que también disfruta del sexo con normalidad. Antes de probarlo, “yo me preguntaba... y el día que lo haga, ¿me pasará algo?” y comprobó que no. “Vas siendo consciente de lo que puedes y no puedes hacer. No tuve problema ni lo tengo hoy”.
¿Tienes miedo?” pregunta inevitable. Ella responde sin dudas: no. “Busco vivir y dormir con gente en la casa por el tema de los ataques, por si quedo inconsciente”. Pero fuera de eso, no tiene ningún otro temor. “Viví hasta los trece años de hospital en hospital. Como digo yo, un niño está enfermo cuando le duele, cuando lo van a pinchar, cuando le meten una sonda... Pero después, la vida es como cuentan en la película Cuarta Planta”. En el hospital, recuerda Moka, “juegas con las sillas de ruedas, como hay un pasillo largo...” narra.
Buenos recuerdos de una infancia que se suponía dura y de la que también ha extraido alguna revindicación: “Los profesionales que trabajan en pediatría, les tiene que gustar los niños”, porque deben afrontarse a lo que Mónica define como un ´paciente doble`: el niño y las familias, que “son un paciente más complicado”. Al especilista “le tiene que gustar y debe de tener mucho templanza, porque una madre cabreada...”.
La segunda enseñanza: “Las madres nunca deben demostrar debilidad ante los niños, son fuertes pero como vean a una madre llorar...”, opina Moka.
Le pregunté si la fecha de mañana, San Valentín, tiene un significado especial. Y claro que lo tiene. El 14-F no es exclusivo de los enamorados: es el Día Mundial de las Cardiopatías Congénitas, y como tal una jornada llena de significado para Mónica, que invita a poner un corazón en la foto de perfil de las redes sociales. Ella ya puso el suyo, por supuesto.
Llegando al final de la conversación, descubrimos algo más de la vida de Moka, que se autodefine como una persona ´práctica` y a la que le encanta escribir. De hecho, el blog es el primer paso de un reto en mente: escribir un libro a modo de guía para madres, que explicase “que los niños enfermos no están tan enfermos”, para eliminar esa imagen de ´pobriños`. “El niño es tan feliz en su santa inconsciencia. Si me tuviese que operar ahora, yo ya soy más consciente y oscreo que tendría mucho más miedo. Seguro que, a pesar de lo fuerte que soy, pienso, ´Ai, Deus, ¿y si pasa algo y no quedo tan bien?` ¡Bendita inocencia la de los niños!”

mércores, 26 de xaneiro de 2011

juegos de la infancia

Siguiendo el hilo de la entrada anterior, hoy hablaré de los juegos de mi infancia en la aldea. Soy de las que opinan que todas las niñas y niños deberían pasar su infancia en el campo, así sabrían desde siempre que la leche viene de las vacas y los huevos de las gallinas. ¡Y jugar por donde quieras!
En mi aldea había muchas niños y niñas, somos de boom de natalidad de la década de los 70. A veces, si nos juntábamos todos, podíamos llegar a ser una veintena. Había dos grupos diferenciados. El de los mayores, que tornaban la edad de mi hermano y daba la casualidad que casi todos eran niños, y el que rondaba mi edad, mayormente femenino.
Las pocas veces que nos juntábamos todos, solíamos jugar al "brilé". Era un juego de pelota formado por dos equipos. Consistía en ir eliminando a los miembros del equipo contrincante pegándoles con la pelota. Está claro que ganaba el que primero eliminaba a todos del equipo contrario. A mí, en este juego me sucedían dos cosas. Una, era la última en ser elegida para la formación de los equipos, y dos, era la primera en ser eliminada. Las razones son obvias, no se me daba bien correr rápido. 
Otro de los juegos que recuerdo donde participabamos ambos grupos era a "V". Un simulacro de la serie que tanto nos gustó a los de mi generación. Ahora hay un refabricado (léase remaker), del que prefiero no proferir comentarios. En ese juego yo era "Dayane" (si es que se escribe así). Era la que siempre estaba en la nave nodriza, (la nave nodriza era un hórreo) y mandaba a quienes debían perseguir, detener y torturar para que se chivaran del escondite de los demás de la resistencia. Que yo siempre fuese la mala de los lagartos también es obvio.
Cuando estábamos solo las niñas, a lo que jugábamos es muy obvio, a las casitas. Las hacíamos con tablas. Tenímos de todo, tiendas, médico, veterinario, floristería, pastelería con tarta. La tarta era un masa echa de agua y tierra en la tapa roja del bote de colacao adornado con una florecita. Con imaginación lo hacíamos todo.
Fué un tiempo muy feliz, donde sabía que era especial. Todos los amigos de mi hermano (el grupo de los mayores) eran mis novios. ¡Cuántos novios tenía! ¡Cómo no iba a sentirme especial!.

luns, 24 de xaneiro de 2011

una entrada especial

Me encontraba ayer fuera de mi ciudad, cuando a través del móvil entre en mi caralibro (léase facebook). Tenía un mensaje privado de una amiga de la infancia que recuperé gracias al caralibro. Leyó el blog y decía que un día escribiría algo ella de como me veían los niños con los que jugaba en mi niñez en la aldea. Como no puede escribirlo directamente, la animé a que me lo mandara y que se lo publicaría. Hoy tenía otro privado, con esto escrito. Está tal como ella lo escribió.

"Estaba leyendo el blog de "Moni", porque asi se llamaba entonces y se seguirá llamando para los que la conocimos en aquellos tiempos...y quise ponerle fecha a nuestro primer encuentro.Resultó imposible.
No puedo ubicarla en un momento determinado de mi niñez pero si puedo contar miles de anécdotas de la "niña enferma" que no era tal...porque aunque se empeñaban en decirnos que estaba malita por culpa de su corazón nunca vimos en ella una niña triste y mucho menos enferma...los límites siempre los puso ella, y nunca dejó que eso le afectara ni en su relación con todos los niñ@s de la aldea ni en su dia a dia .
Recuerdo que mi madre sentía (siente) especial cariño por esa niña, ambas comparten muchas cosas....pero como diría Moni:esa es otra historia...siempre me decía que ella era especial, que no la castigarámos demasiado con juegos muy fuertes y que si alguna vez se "dormía" mientras jugábamos tenía que ir corriendo a despertarla y a buscar a su madre...bendita inocencia....Nunca pasó nada importante...algún moratón, alguna riña por jugar cerca del rio...algún que otro enfado...Solo risas, muchas risas....los mejores recuerdos de mi niñez están en la aldea de nuestros abuelos y en aquellas tardes jugando a todo lo inventado y por inventar ¿verdad Moni?
Pero también hubo un tiempo muy triste...fui a buscarla para jugar y ella no estaba...algo había pasado,sólo recuerdo que mi madre lloraba mientras hablaba con su abuela, estaba en Madrid pero no supe muy bien el motivo...pasaron muchos días hasta que ella volvió. Era como un muñeco de trapo, con el pelo rapado los ojos muy tristes, no era ella, no quiso jugar....lloré mucho ese dia porque pensé que se moría supongo que me enfadé con ella con mi madre con la suya con... con todo el mundo!!! no era justo, al final ¿sería verdad que estaba tan enferma? Pero volvió a vivir...se pegó los trozos como bien pudo y salió otra vez a pelear y a comerse el mundo...ha sido, es y será una...luchadora siempre...nunca corrió detras del balón, nunca se tiró en bicicleta por aquellas pistas de barro, nunca se metío en el río en invierno...pero siempre estaba allí con tod@s, contagiándonos de sus ganas de vivir, sin bajar la cabeza un solo dia, sin pedir trato especial, sin mirar atrás....por todo esto y por todo lo que podría contar...gracias Moni...por todo lo que has luchado y por todo lo que nos has enseñado...
S.C.C"

Tengo que confesar, que leer esto me emocionó enormemente y los ojos vidrioso volvieron a aparecer. Contar que lo que recuerda está amiga fué cuando volví del verano del abceso cerebral (ya contado en alguna entrada) donde los primeros meses estaba medicamentada con sedantes y neurolépticos fuertes que poco a poco me han ido retirando. Pero a raíz de esta historia tengo una anécdota que contar con esta amiga. Cuando a una niña con cierta melena le rapan el pelo y luego le empieza a crecer, cuando ya puede hacer una colita se emociona. Un día llegué a la parada de autobús escolar, muy contenta, porque me podía hacer una cola. Esta amiga, sincera siempre, me vió los cuatro pelos del cogote atados con una gomita y dijo, eso no es una cola. Es verdad, hasta la cola de caballo faltaron muchos meses más. Pero yo era feliz.
Gracias amiga.
P.D.: si alguién que me conoce quiere contar algo, que me envíe un privado y se lo publicaré.