Amosando publicacións coa etiqueta madres. Amosar todas as publicacións
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xoves, 22 de setembro de 2011

el despertar (primera parte)

La última vez que me operé, como ya sabeis tenía trece años, buen número. Con esa edad ya eres consciente de todo, bueno, o deberías. Quizás por eso la noche anterior a la intervención nos llevaron a un chico y a mí de visita a la UVI (unidad de vigilancia intensiva). Allí nos explicaron las máquinas que iban a usar con nosotros y para que servían y algo muy importante, como nos íbamos a encontrar cuando nos despertásemos, es decir, entubados, sondados y atados de pies y manos.
No recuerdo a que hora me desperté, bueno la primera vez que me desperté en esa ocasión. Comencé oyendo los pitidos de los monitores. Pi... pi... pi..., unos pis... pis que seguía el ritmo de cada cual.
El primer pensamiento que tuve después de despertar de aquel raro sueño profundo fué "¿dónde estoy?" al que rápidamente le siguió un "estoy viva". Mientras parte de mi cerebro aún bastante anestesiado quería seguir durmiendo e aquel más que placentero sueño, otra parte oyó voces muy familiares. Enseguida reconocí la voz de mis padres, "tengo que abrir los ojos, que me vean despierta". Allí estaban, toditos vestidos con las fundas verdes, el gorro, la mascarilla y supongo que los protectores de los zapatos, mi madre a la izquierda de la cama y mi padre a la derecha. Se estaban marchado, no puedes hablar, así que en un intento de que no se fueran sin verme despierta moví mi pierna izquierda y logré que mi madre se pegara un buen susto pensando que me caía de la cama. Me miró y me vió despierta. 
No sé si lo siguiente que recuerdo fué verdad o la anestesia hizo alguna de sus faenas en la memoria. Creo que me hablaron, mi madre me acarició varias veces mi mano, pero solo fué un minuto, o menos, se tuvieron que ir, se acabó la visita.
Cuando se fueron, mi cerebro volvió a ser llevado a un profundo sueño anestésico. Muy profundo, demasiado profundo, tanto que ni tienes sueños, ni pesadillas.

domingo, 4 de setembro de 2011

nos fuimos de boda

Ya estoy en casa después de un fin de semana en Bilbao, donde una prima se casaba. Nos fuimos de boda. Allí estábamos, celebrando la unión de dos personas que se quieren. Ha sido todo muy bonito. En una catedral pequeña pero preciosa, la novia y el novio guapísimos, una cena espléndida, el bailoteo donde te das cuenta de que los pies tienen un aguante limitado en cierto tipo de zapatos, y una lluvia cojonera durante toda la tarde. Familia que hacía mucho tiempo que no veías, que se enteran de que tienes pareja cuando hoy es tu segundo aniversario. Primos que vuelves a ver y son el doble de altos y algo más anchos, primas que ya trabajan y tu recuerdas cuando empazaban a andar, como la que se casó. Te pones al día, te cuentas historias, hablas de la vida, y te das cuenta de que se necesitan como disculpa grandes celebraciones para ver a personas que no ves en años por lo difícil que es reunir a tanta gente de distintas ciudades. 
Pero he de decir que a pesar de estar celebrando algo tan fantástico como una boda, mi mente también estaba pendiente de un pequeñito nene que se estaba operando al otro lado del Atlantico. Estaba atenta a mi caralibro (recuerden; facebook). De vez en cuando desde mi móvil accedía por si su padre o su madre publicaban algo. Era algo que estaba en mi cabeza, no me acordaba ni del cambio horario, yo vigilaba para saber que había pasado, hasta que si pasó, y dijeron que todo había salido bien. Me relajé. A pesar de la distancia, parte de mi prefería estar con esa madre y ese padre con el que me une alguna charla los sábados por la tarde mientras me entretiene con su trabajo de locutor. Estar allí, acompañándolos, dándole ánimos, energía positiva, un abrazo necesario, un apretón de manos, y un silencio reconfortador. No puedo estar allí con vosotros, pero desde aquí os mando toda mi energía, con tanta intensidad, que llegará hasta donde esteis, allá, al otro lado de todo un océano, en el otro hemisferío de la tierra.
Ánimo papá y mamá.

domingo, 1 de maio de 2011

las madres luchadoras

Hoy es 1 de mayo, día del trabajo. Pero al caer en el primer domingo de mayo es también el día de la madre. Como comprenderéis no podría acostarme hoy sin dedicar una entradita a las madres luchadoras. A las que día a día sacan fuerza de coraje y valor para seguir en lucha, viendo como sus hijos crecen y se fortalecen, y quedando sorprendidas muchas veces de los fuertes que pueden llegar a ser sus hij@s, y sorprendiéndose ellas mismas de lo fuertes que pueden llegar a ser ante las adversidades. 
Madres que dan todas las horas del día, incluso dan la horas de sueño. Que corren de un lado para otro, que se pelean con todo el mundo, que buscan ayuda hasta debajo de las piedras, que esperan pacientemente y se desesperan esperando, .... y a veces solas y lejos de su casa y de su familia. Como mi madre, como la madre que conocí ayer. 
Sé que cualquier gesto de sus hij@s, una sonrisa, un avance, será suficientemente recompensa para ellas de todo el sacrificio que pueden llegar ha realizar. Pero yo pienso, y este es un pensamiento muy personal, que nunca llegaremos a agradecer lo suficiente tanta lucha y sacrificio, aun sabiendo que ellas lo hacen con tanto amor que no esperan que se lo agradezcamos de manera alguna.
Inmensas gracias a todas las madres en el día de hoy. 
GRAZAS NAI.

sábado, 26 de febreiro de 2011

el miedo

Según la wikipedia, el miedo se define como: "una emoción caracterizada por un intenso sentimiento habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano."
Heredamos esa emoción básica del instinto animal que como tales aún conservamos del miedo al depredador, una emoción, que hay que decir era el aviso para la activación de los mecanismos de defensa de evitación o huida. Mirar si es básica, que el miedo neurológicamente está situado en el sistema límbico, el cerebro más primitivo que conservamos los seres humanos a través de la evolución.
Pero, eso, los humanos evolucionamos, y nuestras emociones con nosotros, y ya no es solo tiene la función de alerta para la supervivencia y adaptación al miedo. Nosotros, los seres humanos, que todo lo racionalizamos, también mezclamos la emoción básica del miedo con la complejidad del pensamiento. Lo que nos llevó a que pasara de ser de emoción básica a una compleja emoción. Ya no sólo tenemos miedo a los depredadores sino a nosotros mismos.
Uno de los miedos que tenemos las personas, el más grande -seguramente- es la pérdida de un ser querido. Es adaptativo de cara a la supervivencia, mayormente no, es más, puede llegar a ser muy desadaptativo, dependiendo de las consecuencias a donde se puede llegar con ese miedo. Se puede llegar a racionalizarlo -o desracionalizarlo- de forma tan extrema que ese sentimiento puede llegar a destruirnos, y no solo a nosotros, sino a la gente que nos rodea más íntimamente.
Pero los seres humanos hemos evolucionado, no solo en el miedo, sino también en combatirlo. No solo tenemos los mecanismos de evitación y huida, que para nosotros incluso sería los dos peores mecanismos en ciertos momentos, sino en enfrontarnos a él. Disponemos de mecanismos más complejos para hacerle frente. Simplemente hay que conocerlos y lo más dificil usarlos.
Pero, ¿cómo?. Primeramente, debemos saber el "sentimiento desagradable" que la emoción de miedo nos provoca; soledad, angustia, rabia, ... Muchos de ellos, fáciles de disminuir o incluso hacerlos desaparecer, con acciones como compartirlo o realizar actividades para descargar todas las sustancias nocivas que provoca físicamente sintamos esa angustia y rabia.
Sé que las madres que leen este blog, sienten estas cosas ante la posible pérdida de sus hij@s, digo madres, porque aún no he tenido consultas o comentarios de los padres, pero seguro que muchos habrá. Ceñíndome a un caso concreto que me han comentado estos días, y cuya madre siguiendo mi consejo de "nunca lloreis delante de l@s niñ@s", se puede llegar a acumular mucha angustia y rabia (mayormente síntomas fisiológicos) que por falta de tiempo, ayuda, ganas o lo que sea, no se contraatacan, por lo que se van acumulando y acumulando, y el sentimiento desagradable aumenta progresivamente, lo que puede llegar a ser muy nefasto en ciertos momentos, y en ciertos momentos críticos donde ya se debería haberse desecho de los mismos para tener tranquilidad y esperanza.
Suelo recomendar a estas madres -pero pueden practicarlos padres y otras personas que vean que lo necesiten- salir a pasear solas si quieren llorar, acompañadas si quieren desahogarse y nunca jamás con el/la niñ@, salir a correr, saltar a la comba, irse a un descampado a gritar, pegarle a un saco de arena, romper una vajilla,.... o hacer una actividad que les guste en su tiempo libre. Porque esa es otra, todo su tiempo es para su hij@ y no debería ser así, debería tener algún tiempo de la semana para ell@s, con su pareja, amig@s, ir a tomar un café, al cine, al teatro,.... Porque madres -y padres- también teneis que aprender que vuestr@ hij@ puede estar tranquilamente unas horillas sin vosotr@s, teneis que aprender a compartir su cuidado y a que se puede delegar ese cuidado a otras personas de vuestro entorno.
Espero, que esto os ayude en algo, no solo a los madres y padres, sino al resto de la gente que puede tener miedo.

domingo, 13 de febreiro de 2011

la entrevista


Cuando empecé a escribir el blog y luego ví la gran acogida que tuvo, un día con mi gente comenzamos a imaginar como sería si me hiciera famosa por el blog. A que televisiones iría, que países recorrería, etc. Eso con el tiempo, pero no pensaba que en poco más de dos meses me hicieran una entrevista para un periódico de Galicia. Como, está en gallego, la he traducido para que podais leerla.
 
 

NO CONTABA CON QUE SOBREVIVIRÍA, Y AQUÍ ESTOY.

Cada año nacen en Galicia unos 160 bebés con cardiopatía congénitas. Mónica Otero, hija de emigrantes retornados, vino a este mundo con una malformación de corazón que la hizo pasar varias veces por quirófano y llevar un marcapasos. Los enamorados no tienen la exclusividad de San valentín: la jornada de mañana es también de los afectados de este mal.
Cuenta mi madre que nada más nacer ya me metieron en una incubadora aún pesando más de tres kilitos tener buen color. A mi madre le dieron pocas alternativas, pero pasó el tiempo, los días, los meses, y los años. Y ya van 34...”
Lejos de ser un suplicio, cada cumpleaños es para Mónica más que un motivo de celebración. “Los médicos no contaban con que sobreviviera, y aquí estoy”, relata animada.
Su caso es el mismo que los de los 160 bebés que cada año nacen en Galicia afectados de un cardiopatía congénita. Mónica vino al mundo con un corazón a medias, esto es, con un ventrículo totalmente inutilizado. Pero ni cuando era una niña, ni en la adolescencia, ni en la universidad ni hoy, insertada en el mercado laboral, se sintió como “a enfermiña” que parecía ser. En el campo de futbol, como no podía correr, quedaba de portera; no dejaba de jugar al pilla-pilla, como todos, aún que “siempre me pillaban”; no le ha sido fácil sacar el BUP, pero “no por enfermiña, si no por perezosa”... Hoy sale a bailar hasta salir el sol, disfruta del sexo con su pareja y no se priva de viajar. Lleva una vida tranquila, a su ritmo, quien no quiera seguirla “que me diga donde me espera y ya nos encontraremos”, afirma, risueña.
Tiene su enfermedad totalmente asumida. “Es una cualidad que está en mi, no la puedo tirar a la basura. Sé que tuve una suerte que otros no tuvieron. ¿Que la asumo? Si. Yo digo que igual llego a vieja”.
Ventrículo (UV) con Estenosis Pulmonar (EP). Esa es su enfermedad o “eso decía mi madre cuando le preguntaban”. Gallega de pro, y criada entre Rianxo y Compostela, las circunstancias de la vida hicieron que Mónica naciese en París, allá por el año 76. Del vientre a la incubadora. Y sin muchos esperanzas, pero con una larga estancia hospitalaria hasta que pudo ira para casa, donde también estaba controlada. Cinco años después, se trasladó con su familia a España y encontró un hueco para ser tratada en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid.
En la capital francesa no se había contemplado la opción quirúrgica. Pero una vez llegada a Madrid todo fue muy rápido. A los seis años -cuando ya vivía en Rianxo- le hicieron “un cateterismo, y me intervinieron un año después”, me prepararon el corazón para, en un futuro y cuando creciese, le realizaron lo que se conoce como procedimiento Fontán, esto es, una conexión entre el corazón y los pulmones para regular el flujo sanguíneo. De hecho, ese “tubiño” le quedó al final un poco pequeño, y en algún momento puede desgastarse, pero por lo de ahora funciona bien. “Como dice mi cardióloga, mientras va, va”, bromea Mónica, cuyas limitaciones actuales se centran en el esfuerzo físico. “No puedo estar de pie mucho tiempo, porque me canso. Andando voy bien, pero a mi ritmo. Y como tenga que coger un peso sostenido... así que llevo una vida tranquila. Aunque vivo en un cuarto sin ascensor ¡y subo!” exclama orgullosa.
A parte de esas limitaciones, la infancia de Mónica fue, dentro de lo que cabe, normal, así lo deja claro ella misma en su blog “Diario de una Fontan” (mokinha1976.blogspot.com). No era la “enfermiña” que los vecinas y vecinos de Carballal (Rianxo) querían ver en ella. Lo confirma una amiga: “Puedo contar miles de anécdotas de la ´nena enferma` que non era tal... porque aunque se empeñaban en decirnos que estaba malita por su corazón, nunca vimos en ellas una niña triste mucho menos enferma... Los límites siempre los puso ella, y nunca dejó que eso le afectara en su relación con todos l@s niñ@s de la villa ni en su día a día” (extracto de una carta publicada en su blog).
A los nueve años, y ya recuperada de la primera de las operaciones, Mónica sufrió un absceso cerebral, de lo que también trataron en Madrid y que le dejó como secuela ataques epilépticos que hoy sufre con una frecuencia de uno al año, “más veces en épocas de estrés”, apunta.
Fue esa la principal razón por la que se trasladó a Santiago, por la proximidad del hospital en caso de crisis. “Venir desde allá (Rianxo) conduciendo 36 kilómetros con las carreteras que había...”, recordaba, para aclarar que los ataques se manifiestan con “convulsiones laterales a la parte derecha del cuerpo. Ahora ya las paso en casa, porque son parciales. Lo que si controlo es si me quedo inconsciente, para que llamen a la ambulancia”, dice.
Tras un cateterismo a los seis años, una primera operación a los siete años, llegada de Madrid, y una intervención por causa del abceso cerebral a los nueve años; a los trece se sometió al conocido como ´procedimiento del Fontán` y “a partir de ahí si me mejoró la vida. No estaba tan morada, oxigenaba mucho más, empecé a andar mejor... Ya tengo un tratamiento que me permite andar más ligeramente”, relata.
Mónica es hoy una adulta tratada por pediatras. Lo cuenta entre risas: “Nosotros no salimos nunca de pediatría, porque los especialistas de adultos son para cardiopatías adquiridas”, no sufridas desde el nacimiento. “Con 27 años -recuerda- fuí rebotada de Madrid al Clínico de A Coruña, a pediatría. Cuando llegué allí, nada más verme, preguntaron: ¿Y la niña? ¡La niña soy yo!
Mónica no tiene un primer recuerdo de su enfermedad. Es imposible cuando naces ya afectado. “Siempre estuve así, tu naces y ya te dicen ´enfermiña`. Es como si eres cojo desde pequeño. ¿Cual es tu primer recuerdo de cojo? ¡Yo he sido cojo todo la vida!”.
Tampoco recuerda sentirse discriminada. O si un poquito cuando al encontrarse con alguna vecina del pueblo que le preguntaba: “E logo ti de quen ves sendo?” (inciso: es una forma propia de preguntar en Galicia a que familias perteneces, por eso no la traduje) “soy nieta de tal. ¿Hija de quién? Y le decía el nombre de mi madre. Aiii... tú eres la enfermita, no?”, cuenta Mónica a quien todos conocen como Moka.
De su época de estudios se cuesta lo perezosa que se volvió al pisar el instituto y como fue arrastrando cursos hasta, con 21años, decidió que sería en la vida: “Llegué a casa y dije ´mamá, voy hacer una carrera`”.
Pasé por el instituto nefastamente -narra- pero no por mi dolencia sino porque pasaba. Lo típico era que dijesen: claro la pobrecita está enferma. ¡Pues no! ¡Era perezosa hasta decir basta!, afirma Moka. Cuando empezó el instituto le paso “como a muchos, que tienes que estudiar de verdad y no te apetece”. Así que no fue pasado los 20 años, y tras hacer el COU en horario nocturno, cuando accedió a la universidad. Y sacó adelante, a pesar de los problemas por el estrés -´me asfixiaba`-, la carrera de Psicología Educativa. De hecho consiguió una beca de estudios para ir a Granada, que le abrió las puertas a la independencia. Y así fue como Mónica marchó de casa.
Hoy, sentada en un bar de la zona monumental compostelana y compartiendo con ocio los secretos de su optimismo, se pone algo seria cuando tocamos el tema de los hijos. Su cardiopatía no le permite tenerlo por el elevado riesgo para el bebé. “el feto tendría falta de oxígeno durante los nueve meses, y eso si paso el primer trimestre. Además, es peligroso dejar la medicación, los neurolépticos por ejemplo, porque correría el riesgo de tener ataques”. Así que “el bebé tendría lesiones cerebrales o neuronales, y eso se sobrevive a los nueve de embarazo. No tendré hijos. Los médicos no me lo han prohibido, pero hay que ser responsables” afirma taxativamente. Además, y con lo complicado que está adoptar, disfruta de los sobrinos, a los que adora. “No los maleduco, los llevo a raya, en van a salir unos adolescentes rectos”, bromea Mónica.
En un tono más íntimo, nos cuenta que también disfruta del sexo con normalidad. Antes de probarlo, “yo me preguntaba... y el día que lo haga, ¿me pasará algo?” y comprobó que no. “Vas siendo consciente de lo que puedes y no puedes hacer. No tuve problema ni lo tengo hoy”.
¿Tienes miedo?” pregunta inevitable. Ella responde sin dudas: no. “Busco vivir y dormir con gente en la casa por el tema de los ataques, por si quedo inconsciente”. Pero fuera de eso, no tiene ningún otro temor. “Viví hasta los trece años de hospital en hospital. Como digo yo, un niño está enfermo cuando le duele, cuando lo van a pinchar, cuando le meten una sonda... Pero después, la vida es como cuentan en la película Cuarta Planta”. En el hospital, recuerda Moka, “juegas con las sillas de ruedas, como hay un pasillo largo...” narra.
Buenos recuerdos de una infancia que se suponía dura y de la que también ha extraido alguna revindicación: “Los profesionales que trabajan en pediatría, les tiene que gustar los niños”, porque deben afrontarse a lo que Mónica define como un ´paciente doble`: el niño y las familias, que “son un paciente más complicado”. Al especilista “le tiene que gustar y debe de tener mucho templanza, porque una madre cabreada...”.
La segunda enseñanza: “Las madres nunca deben demostrar debilidad ante los niños, son fuertes pero como vean a una madre llorar...”, opina Moka.
Le pregunté si la fecha de mañana, San Valentín, tiene un significado especial. Y claro que lo tiene. El 14-F no es exclusivo de los enamorados: es el Día Mundial de las Cardiopatías Congénitas, y como tal una jornada llena de significado para Mónica, que invita a poner un corazón en la foto de perfil de las redes sociales. Ella ya puso el suyo, por supuesto.
Llegando al final de la conversación, descubrimos algo más de la vida de Moka, que se autodefine como una persona ´práctica` y a la que le encanta escribir. De hecho, el blog es el primer paso de un reto en mente: escribir un libro a modo de guía para madres, que explicase “que los niños enfermos no están tan enfermos”, para eliminar esa imagen de ´pobriños`. “El niño es tan feliz en su santa inconsciencia. Si me tuviese que operar ahora, yo ya soy más consciente y oscreo que tendría mucho más miedo. Seguro que, a pesar de lo fuerte que soy, pienso, ´Ai, Deus, ¿y si pasa algo y no quedo tan bien?` ¡Bendita inocencia la de los niños!”

luns, 7 de febreiro de 2011

independencia

Una de las cosas que nos hace sentirnos bien a las personas, es sin dudarlo, la independencia. Llegada una edad, es lo que deseas. Primero, en la adolescencia, como una forma de librarte de los pesados de los padres. Si, si, todos deseamos librarnos de ellos alguna vez. Después, ya deja de ser un deseo de apartarte de tus progenitores a un deseo para sentirte autorrealizada.
Yo me independicé por primera vez cuando iba a cumplir 25 años. Lo hice cuando el año que me fuí a Granada. Era un deseo mezclado aún de la inmadurez de la adolescencia de librarte de tu madre, de sus horas, de sus normas de casa, de con quién vas, con quién vienes, quién es esa, o ese, de quién llama, quién escribe, y el deseo de saber ya si realmente podía vivir sola, hacerme la comida, lavarme la ropa, organizarme la economía, llegar a fin de mes, no olvidarme de la medicación, además claro de hacer todo lo que me venía en gana sin dar una sola explicación a nadie. Personalmente significó mucho esa independencia. Puedo vivir sola.
Claro que eso no solo me lo demostré a mi misma. También lo pudo ver mi familia y mi madre. Nunca hablamos de ello. Pero estoy segura de que cuando me fuí a 1200 km de mi casa, al otro lado del país, mi madre no se quedaba muy tranquila. Por su mente pasaría pensamientos como los de "¿que comerá?, desde luego el pescado y la verdura ni la tocará", "se olvidará de la medicación", "seguro que andará por ahí hasta las tantas", no le voy a sacar de todo la razón, me olvidé algo la medicación, defecto de mi persona, el pescado lo justo, la verdura más, y si, cuando mis responsabilidades me dejaban me iba de fiesta y volvía a las tantas. Al final, creo que mi madre también pudo comprobar que no había sido tan malo, que a pesar de mi cabeza loca he sido bastante responsable.
Pero hubo algo que me sorprendió de mi independencia. El significado que le dió el cirujano que me atendió ese año en mi revisión anual. Cuando me planteó su pregunta favorita: - ¿qué tal te va la vida?.
- Bien,- le respondí- este año estoy en Granada con una beca.
- ¿Sola?
- Si, bueno no, con compañeras de piso.
- ¿Sin tus padres?
- Si claro, pero solo es un año - me apresuré a decirle cuando ví que el papel para el informe anotaba "es independiente"
- Es igual, lo importante es que te has ido de casa, aun que vuelvas (guiño de ojo), es muy importante que sepamos la vida que llevais, y que os independiceis es muy importante para nosotros.
Se ve que mi independencia era importante para más persona de las que pensaba.

mércores, 5 de xaneiro de 2011

un verano

La estancia más larga en la que yo estuve ingresada en un hospital ha sido todo un verano. Fue cuando sufrí el absceso cerebral. Después de la intervención para su extirpación y el post-operatorio en la UVI, del que no recuerdo absolutamente nada, tuve que quedarme ocho semanas más para recibir tratamiento.
Fue un gran verano. Conocí muchas niñas y niños de los que apenas recuerdo cuatro matices de cada uno. Lo que recuerdo siempre con una gran sonrisa de ese verano son las carreras a lo largo del pasillo de la planta con nuestr@s novi@s. ¿Qué que son los novi@s? Pues los palos-sujeta-sueros -nunca supen como se llamaban- con ruedines que servían para que no perdieramos la vía por donde nos medicaban. Esos palos-sujeta-sueros llegaba a ser tu mejor amigo, o como decíamos nosotras y nosotros, nuestr@s novi@s. Lo que más apreciabamos de un buen novi@ era que tuviese unos ruedines perfectamente engrasadas. Como estaban numerados y por la noche nos lo sacaban (el suero se sujetaba en en palo-sujeta-sueros de la cama), implorábamos a nuestras madres que fueran las primeras en buscar el nº 2, sino el 6, sino el ... . No sé el resto de las madres, pero la mía no me hacía mucho caso, ella iba, los iba probando y el mejor que anduviese se lo agenciaba. Claro que mi madre era de las primerísimas que se despertaba e iba hacia el rincón donde descansaban nuestr@s novi@s.
De ese verano también recuerdo mucho la Tv. Se alquilaban pequeñas televisiones por semana, y mi madre alquilaba una. Fue el verano que en la sobremesa (creo) apareció David Hasselhoff con sus pantalones vaqueros ceñidísimos y su coche fantástico que hablaba, conducía solo y para colmo podías llamar por el reloj. Ese verano los niños nos pasamos llamando a Kitt por nuestros relojes. Luego vinieron la moto fantástica (véase el Halcón Callejero) e el helicóptero fantástico (véase Trueno Azul).
También fue el verano de las maquinitas. ¿Que qué son las maquinitas? Pues las antecesoras de las Gameboys pero con un solo juego. Parece ser que las maquinitas eran juguetes para niños (grrrrrr), pero yo insistí e insistí, así que mi madre no le quedó más remedio que ir a comprarme una. Recuerdo que era el gato Sylvestre cazando ratones para su hijito. Esta maquinita tiene otra historia. Recuerdo que un chico con nombre de emperador romano, que venía de cuando en cuando a recibir su medicación. Era un chico alto, supongo que de unos 14 o 15 años. En su estancia de un día tenía que estar en la cama (la medicación lo debilitaba mucho) y poca cosa podía hacer, así que le dejaba mi maquinita. Recuerdo que aquel muchacho, con sus dedos índice y corazón de su mano libre -la otra estaba con el suero- jugaba con una asombrosa habilidad, ¡me destrozaba todos mis récords!, que lo confieso, luego se los borraba.
No sé si fue un verano caluroso. Fue el verano donde le riñeron a una niña por visitar a un chico con leucemia de étnia gitana. El verano donde algunos no teníamos pelo. El verano donde muchos se iban y unos pocos nos seguíamos quedando. El verano de la entrañable enfermera Socorro. El verano de la chica que siempre le faltaba un cromo de su colección de los Osos Amorosos. El verano donde al final no pude hacer mi primera comunión. El verano donde mis hermanos no estuvieron con su madre. El verano de 1986.

luns, 6 de decembro de 2010

como comenzó madrid

Como dije en mi presentación ha nacido en París, donde he vivido hasta los cinco años de edad. Allí los profesores no daban muchas alternativas a mi madre, aparte de si la niña va tirando y va tirando bien, y así era, hasta los cinco años, más allá de baja estatura y bajo peso (era tremendo darme de comer según mi padre) y las infecciones típicas de la niñez sobreviví sin ninguna medicación, era una niña normal que jugaba y le encantaba ir al parque con mi padre para jugar con la arena.
Mis padre emigraron a París para ganar algo de dinero y hacerse una casa, pero al final decidieron volver porque querían que sus hijos estudiasemos aquí. Así que llegó el momento de que mi madre le plantease a los profesores como seguir mi evolución en España. Uno de ellos le dijo que había un equipo de cardiología infantil en Madrid en el Hospital Ramón y Cajal muy bueno.
En cuanto se instalarón de nuevo en Galicia mis padres, fueron a mi Cardiólogo de Santiago de Compostela, el entrañable Dr. Fuster (d.e.p) y este, a sabiendas de la fama del equipo del Ramón y Cajal no dudó un momento en remitir mi caso. No recuerdo lo que pudieron tardar, pero con seis años yo viajé por primera vez a Madrid.

sábado, 4 de decembro de 2010

l@s niñ@s no se sienten enfermos hasta que les duele

Una de las cosas que me gusta decir, es que los niños no tenemos conciencia de estar enfermos hasta que algo nos duele, incluso un pinchacito.
Mirando las cosas con perspectivas, todo lo que recuerdo de mis estancias hospitalarias, varias de ellas largas, son cosas buenas y divertidas, las carreras en silla de ruedas, o con los palos de los sueros (antes no existían las vías de vacío y estabas enganchada al suero siempre para conservar la venita), los juguetes, la buenas enfermeras que se enrollaban y jugaban con nosotros, etc. La mayor parte somos de lo más felices, y cuando empezamos a tener conciencia no nos gusta ver a nuestras madres y padres tristes.
Madres y padres, que nunca os vean tristes o preocupados, los niños son siempre muy positivos y optimistas, pero se contagian del ánimo de sus progenitores, que nunca os vean con una lágrima en la cara.
Yo a mi madre nunca la ví, siempre la ví entera. Sé que lloró y lo pasó mal, pero yo siempre sabía que me iba a curar porque mi mamá estaba alegre porque me iba a poner buena.